ARCHIVO TDC | INFORME ESPECIAL
El doble crimen del lago: 50 años después, las preguntas siguen flotando
Hay historias que el tiempo consigue borrar. El doble crimen de Lucrecia Adamovich y María Inés Riquelme no fue una de ellas.
El 29 de agosto de 1976, una mañana fría, lluviosa y ventosa encontró a Bariloche con una noticia que sacudió al pequeño pueblo: dos cuerpos flotaban en las aguas del Nahuel Huapi, frente a los ventanales del hotel Huemul.
Eran dos jóvenes de 22 años. Habían salido la noche anterior y sus cuerpos aparecieron vestidos, con las camperas puestas y sin calzado. Estaban boca abajo, muy cerca de la costa, entre las piedras.
Cincuenta años después, sus muertes siguen sin culpables y algunas de las preguntas que aparecieron aquel domingo continúan exactamente en el mismo lugar.
El radiograma
El documento policial que dejó registrada aquella mañana no tiene nada de literario.
“En el día de hoy rescatóse de aguas del lago Nahuel Huapi, en inmediaciones del hotel Huemul, dos cadáveres”.
Así comenzó oficialmente una investigación que terminaría convirtiéndose en uno de los crímenes más recordados de la historia de Bariloche.
Los cuerpos habían sido vistos desde el hotel por uno de sus empleados. Flotaban a unos centímetros de la costa, uno junto al otro y en direcciones opuestas.
El lugar era una zona rocosa, ubicada aproximadamente a 80 metros del hotel Huemul, sobre la Avenida Bustillo. Al día siguiente, durante una segunda inspección, aparecieron dos pares de zuecos, separados entre sí por unos veinte metros y, según quedó asentado en la investigación, perfectamente acomodados. También apareció una cartera con cosméticos.
Ese detalle aparentemente menor terminaría alimentando una de las grandes preguntas del caso: ¿por qué dos chicas de 22 años habrían dejado sus zapatos ordenados en la costa para meterse voluntariamente al lago, en plena madrugada de invierno?
Y, sobre todo, ¿habían entrado al agua por voluntad propia?

Una muerte que primero pareció sencilla
La primera explicación médica fue contundente. El doctor Jorge Alberto Caviglia determinó que las dos jóvenes habían muerto por asfixia por inmersión y atribuyó inicialmente los golpes que presentaban en el rostro al movimiento del agua y al choque de los cuerpos contra las piedras.
Parecía una explicación posible, pero después apareció otra.
Una segunda evaluación señaló que las lesiones podían ser compatibles con golpes de puño o con elementos contundentes. También se mencionaron marcas compatibles con ataduras en cuello y muñecas.
A eso se sumó otro dato especialmente inquietante: María Inés Riquelme habría llegado al agua inconsciente, por lo que su muerte por asfixia se habría producido de manera más lenta que la de Adamovich.
La escena comenzó a dejar de parecer una muerte accidental.
Pero había un problema enorme. En la Bariloche de 1976 no existía un cuerpo de investigaciones forenses como el que hoy permitiría analizar una escena criminal. Tampoco estaban disponibles las herramientas tecnológicas actuales ni muchos de los estudios que hoy resultan básicos.
La investigación quedó atrapada entre una escena confusa, pericias limitadas y testimonios que abrían más preguntas de las que conseguían cerrar. Entre ellas, una que nunca tuvo una respuesta definitiva: el lugar donde fueron encontrados los cuerpos no necesariamente era el lugar donde habían sido asesinadas.
Dos chicas, una noche y demasiadas preguntas
Lucrecia y María Inés trabajaban en comercios céntricos. Una era empleada de un local de tejidos y la otra trabajaba en una farmacia. Eran jóvenes, tenían vida social y frecuentaban los lugares nocturnos de aquel Bariloche que todavía tenía dimensiones de pueblo.
La noche anterior a sus muertes habían salido de trabajar y habían acordado pasar la noche juntas. Según los testimonios recogidos durante la investigación, primero fueron hasta el domicilio de una de ellas, en Avenida 9 de Julio al 1000. Después pasaron por la casa de la otra, en Onelli.
Más tarde aparecieron en un bar céntrico. Tomaron un café o un agua y fueron vistas en la vereda, aparentemente fumando.
Después, la historia comienza a desdibujarse.
Algunos testimonios señalaron que esa había sido la última vez que alguien las vio con vida. Pero un taxista aportó otro dato: dijo haber trasladado a las dos jóvenes junto con un hombre de pelo encrespado hasta otro bar de la ciudad.
Nunca quedó definitivamente establecido qué ocurrió después. Y en una ciudad donde prácticamente todos se conocían, esa última noche se convirtió en una sucesión de versiones incompletas.
El dinero que no cerraba
El expediente 3585/76, caratulado “Riquelme, María Inés y Adamovich, Lucrecia, víctimas de homicidio”, comenzó a acumular testimonios. Algunos hicieron crecer una hipótesis que terminaría sobreviviendo durante décadas.
Familiares de María Inés contaron que la joven había mencionado que desde la farmacia donde trabajaba la enviaban en taxi a entregar cajas, sobres y paquetes cerrados. No parecían medicamentos y eran llevados hacia distintas propiedades de Bariloche.
Compañeras y amigas también hablaron de algo que les había llamado la atención: la cantidad de dinero que María Inés manejaba. Una de ellas llegó a describir su monedero como “desbordante” de billetes.
La joven llevaba poco tiempo trabajando en la farmacia y, según los testimonios, no parecía tener una explicación convincente para manejar esas cantidades. Ante sus amigas habría dicho que estaba ahorrando y que sus padres la ayudaban económicamente.
El dato, por sí solo, no demostraba un delito. Pero en el contexto de un doble homicidio que no encontraba explicación, alcanzó para que comenzaran a aparecer otras preguntas: ¿qué transportaba María Inés?, ¿para quién?, ¿de dónde salía el dinero?, ¿tenía alguna relación aquello con su muerte?
La Justicia nunca consiguió convertir esas preguntas en respuestas probadas. El mito, en cambio, hizo el resto.
La reunión en la farmacia
Otro testimonio agregó una pieza todavía más extraña.
Una empleada de la farmacia declaró que, días después del crimen, el dueño reunió a todo el personal. El mensaje, según relató, fue serio y preciso: si eran convocados por las autoridades, debían decir que María Inés era una buena mujer, buena compañera y que nunca les había prestado dinero.
El testimonio no permitió establecer por sí mismo qué había detrás de aquella reunión, pero volvió a colocar a la farmacia en el centro de las sospechas.
Desde allí comenzó a crecer una de las teorías que acompañaría al caso durante décadas: la posibilidad de que las jóvenes hubieran quedado atrapadas en una trama que incluía dinero, drogas y personas con poder económico.
Nada de eso pudo ser demostrado judicialmente, pero tampoco alcanzó a desaparecer.

Los hombres que quedaron en el expediente
La investigación tuvo sospechosos. Lo que no tuvo fue culpables.
Tres hombres quedaron vinculados de distintas maneras al caso, aunque ninguno terminó procesado y condenado por los homicidios.
Uno de los principales nombres fue Marlio Méndez, un chofer de taxi que residía en Villa Llanquín. Según la investigación, pocas horas después del crimen viajó sorpresivamente hacia España.
Años después, cuando regresó a Bariloche, fue detenido en un procedimiento que provocó enorme repercusión. El juez Fernando Inchausti Ezcurra llegó a anunciar con estridencia que el caso estaba resuelto.
Pero las sospechas contra Méndez no encontraron suficiente respaldo probatorio. Terminó excarcelado, volvió a radicarse en España y posteriormente regresó a Villa Llanquín, donde murió.
Durante la investigación también aparecieron referencias a sus vínculos con un empresario farmacéutico relacionado con el trabajo de una de las víctimas y con un importante empresario chocolatero de la ciudad.
Los vínculos y las sospechas formaron parte de la investigación y del relato que rodeó el caso, pero nunca se transformaron en una condena por el doble homicidio. Esa diferencia resulta fundamental para reconstruir una historia que durante medio siglo creció alrededor de nombres, rumores y versiones.
El novio, el tatuador y el chofer
Además de Méndez, la investigación alcanzó a otras dos personas.
Apareció el novio de una de las jóvenes, que trabajaba en el Banco Nación. También fue señalado un tatuador oriundo de Mar del Plata.
El tercer hombre era Méndez, el taxista de Villa Llanquín que llegó a estar detenido y fue señalado como posible autor material.
Ninguno terminó condenado por las muertes.
Detrás de algunas de esas hipótesis aparecía, otra vez, el nombre de un empresario barilochense que murió en 1988 por una afección cardíaca. Su muerte alimentó todavía más la imaginación popular.
Con los años, algunos llegaron incluso a comparar la historia con la leyenda que rodeó a Alfredo Yabrán: un hombre poderoso cuya muerte tampoco consiguió cerrar todas las versiones que circulaban sobre él.
Así, el doble crimen comenzó a adquirir una dimensión que excedía largamente el expediente. Para algunos, los caminos de la investigación conducían hacia personajes demasiado poderosos para ser tocados. Para otros, se trataba simplemente de una investigación mal hecha que nunca consiguió encontrar una explicación.
Y entre ambas posiciones quedó atrapada la verdad.
“Dejarse de joder para no pasarla mal”
Hay otra parte de esta historia que aparece una y otra vez cuando se reconstruye el caso: el miedo.
Periodistas, testigos, familiares, abogados, médicos, taxistas y policías que tuvieron algún contacto con la investigación habrían optado por el silencio. No todos necesariamente tenían información decisiva, pero muchos sintieron que era mejor no seguir hablando.
La frase que quedó asociada a aquellos años lo resume de una manera brutal: “Dejarse de joder para no pasarla mal”.
Si hubo una investigación que avanzó poco, también hubo una sociedad que aprendió rápidamente que meterse demasiado podía traer problemas. Y eso tuvo consecuencias.
Una tercera joven, amiga inseparable de Lucrecia y María Inés, terminó siendo llevada por su padre a vivir a otra localidad del Valle Medio.
No fue un detalle menor. Fue el signo de una época en la que el miedo podía ser suficiente para sacar a una familia de una ciudad.
El pueblo inventó su propia respuesta
Con el paso de los años, la investigación perdió fuerza. Los protagonistas fueron envejeciendo, algunos murieron, otros se fueron y los testigos dejaron de hablar. Los recuerdos comenzaron a mezclarse con las versiones y Bariloche hizo lo que hacen los pueblos cuando una historia queda abierta demasiado tiempo: construyó una explicación.
Así nació y sobrevivió el mito del doble crimen del lago, una historia de drogas, dinero, empresarios, sexo, poder, policías y silencios. Una trama en la que, según la versión que se escuchara, siempre había alguien demasiado poderoso detrás.
El problema es que el mito tiene una enorme capacidad para rellenar los huecos, y este expediente tiene muchos.
Lo que sí sabemos
Lucrecia Adamovich y María Inés Riquelme tenían 22 años. Salieron la noche anterior y fueron vistas en distintos lugares de Bariloche. Sus cuerpos fueron encontrados en la costa del Nahuel Huapi el 29 de agosto de 1976, vestidos y sin calzado, y cerca de ellos aparecieron dos pares de zuecos separados entre sí.
También sabemos que hubo pericias médicas con conclusiones diferentes respecto de las lesiones, testimonios sobre dinero y paquetes trasladados desde una farmacia y personas vinculadas a la investigación que fueron detenidas o investigadas.
Sabemos, finalmente, que ninguno terminó condenado por el doble homicidio.
Y sabemos algo más: medio siglo después, no existe una respuesta judicial que explique quién mató a Lucrecia y María Inés y por qué.
Lo que nunca pudimos saber
¿Quién las llevó hasta la costa? ¿Entraron al agua por voluntad propia o fueron obligadas? ¿Dónde fueron golpeadas? ¿Las marcas que presentaban eran producto de una agresión? ¿Quién era el hombre que, según un taxista, las acompañaba aquella noche?
¿Qué había dentro de los paquetes que María Inés llevaba desde la farmacia? ¿Por qué manejaba cantidades de dinero que llamaban la atención de sus compañeras? ¿Por qué se convocó a los empleados de la farmacia para indicarles qué debían declarar? ¿Por qué algunos testigos dejaron de hablar?
Y una pregunta mayor: ¿hubo realmente una trama de poder detrás del crimen o el paso del tiempo convirtió una investigación deficiente en una leyenda mucho más grande que los hechos que pudieron demostrarse?
No todas estas preguntas tienen el mismo peso. Algunas tienen pistas, otras testimonios y otras apenas sobreviven como rumores. Algunas, cincuenta años después, siguen sin tener respuesta.

Cincuenta años después
El doble crimen del lago sobrevivió a casi todo: a la dictadura, a la democracia, a los cambios de gobierno y a las transformaciones de Bariloche. Sobrevivió también a la desaparición de muchos de sus protagonistas, a la muerte de algunos de los hombres que fueron investigados y a la memoria cada vez más frágil de quienes estuvieron allí.
Sobrevivió incluso a la propia investigación judicial.
Porque un expediente puede cerrarse y una causa puede archivarse, pero una pregunta sin respuesta no desaparece tan fácilmente.
Lucrecia y María Inés tenían 22 años. El lago sigue ahí. Los restos del hotel Huemul, incendiado hace poco, siguen ahí y la costa continúa formando parte de la geografía cotidiana de Bariloche.
Aquella mañana del 29 de agosto de 1976 también forma parte de la memoria de una ciudad que durante medio siglo convivió con una historia que nunca consiguió terminar de explicar.
TDC volvió sobre ese expediente porque cincuenta años después todavía hay algo que contar: no una respuesta inventada, ni un culpable construido a partir de rumores, sino una reconstrucción de los documentos, los testimonios, las contradicciones y los silencios que quedaron alrededor de dos muertes que nunca fueron esclarecidas.
Cincuenta años después, seguimos sin saber quién las mató.
Y esa es, probablemente, la respuesta que el lago todavía guarda.